sábado 6 de diciembre de 2008

vendas


No fue al médico, no creyó que hiciera falta. Se auto diagnostico y auto medicó como todo españolito de a pie que se precie y procedió pues, con habilidad de ATS, a ponerse el corazón en cabestrillo.
Le hizo un buen vendaje, de esos que inmovilizan y protegen y salió con el corazón remendado a la calle; derecho y digno, como si no le doliera el alma a cada paso. Como si en vez de haber asegurado el órgano del amor, se hubiese comprado uno nuevo que le permitiera sentir e ilusionarse como la principio.
El cabestrillo hizo su papel, surtió efecto; ya no padecía más por amor, aunque tampoco sentía a penas; ya no se desilusionaba, aunque también dejó de ilusionarse. Dejó de llorar por despecho, pero también de silbar por las mañanas...
Y así el hombre del corazón en cabestrillo consiguió seguir EXISTIENDO , mientras poco a poco dejaba de SER....

lunes 1 de diciembre de 2008

el muro


Hoy inauguro el muro, en él pienso escribir con grafiti frases y pensamientos que merezcan ser escritas. Ahí va la primera.

viernes 21 de noviembre de 2008

"El roce"


Es tarde, entro a Mercadona con prisa. Solo necesito tampax, el rito de cada mes. Ando sin GPS por los pasillos de un súper de otro barrio, desconocido, me desoriento. Encuentro los espaguetis, las gambas, pero la sección de droguería parece querer jugar conmigo al escondite. Como el resto de los consumidores autómatas que me rodean; busco, encuentro y cojo mi compra dispuesta a salir corriendo por la primera caja despejada.

Sin darme cuenta, elijo para mi retirada el pasillo de la sección de conservas. De improviso algo me frena, me ralentiza, me devuelve la humanidad que había dejado aparcada en la puerta. Allí, rodeados de latas de vivos colores, entre el atún en aceite, las gulas del norte y el tomate frito, ellos me frenan el paso.

Él se un hombre de piel curtida y descuidada, como si la sección de droguería del súper se le hubiera resistido eternamente. Es de esos hombres con jersey de lana a punto de ocho que uno nunca se imagina echándose una crema o cortándose el pelo según la moda, de altura media, todo en él parece mediano. Un hombre de súper, no de anuncio, ya me entendéis. Está de pie frente a una mujer hecha a su medida, también mediana estatura, también de mediana edad, con ropa de rebajas y pelo rubio más que tintado, retintado. En otras circunstancias el mundo habría pasado de largo sin apenas percibir su presencia. Pero allí estoy yo, de pie, a la entrada del pasillo, hipnotizada, absorbida por su imagen, sin atreverme a pedir paso. Lo que veo me maravilla, no quiero romper el hechizo.

Por un momento toda mi atención se focaliza en la mano de él. Está frente a ella, en medio del pasillo, mirándola fijamente, levanta su mano lentamente y dirige el dedo índice a los labios de la mujer, que le espera quieta , con ojos anhelantes y que a estas alturas se me antoja una especie de estatua griega, quieta, blanca y perfecta. El dedo índice se apoya en el labio superior y recorre hacia abajo los labios femeninos que se dejan acariciar hasta la barbilla, con tanta suavidad, tan pausada y sensualmente, que por un instante pienso que en la eternidad que ha durado ese gesto uno podría hacer el amor hasta llegar al orgasmo sin darse prisa. Una corriente eléctrica recorre mi espalda, doy gracias por no haber sido descubierta en esta actitud un tanto bouyer que me hubiera arrastrado a sonrojarme y salir huyendo. En cambio, cierro los ojos, para mantener la imagen de esos dedos y esos labios en la retina y por supuesto cambio de pasillo. Salgo por la sección de bollería entre dulces de leche, medias lunas y ensaimadas enamorada de la vida de nuevo, reconciliada, llevando con orgullo la caja de tampax que me ha permitido encontrar el amor allí donde solo había latas de conservas.

Repito la imagen para grabarla en la memoria, con la esperanza de soñar esta noche con ellos, con esos dos seres medianos que han sido capaces de elevar el roce a la categoría de arte. El milagro se ha realizado, ya nunca más podré coger una lata de atún sin sentir mariposas en el alma…..

Natalia.

martes 11 de noviembre de 2008

MI MANO DERECHA.


La idea de crear serendipity vino a mi después de comprarme unos patines e inaugurarlos con una muñeca rota, así que era justo empezar con la reflexión que escribí en aquel momento y que quiero compartir con vosotros:

Hace una semana que ando con el brazo escayolado sin saber aún cual es el misterioso hueso que me he roto. Es toda una incógnita que no deja de tener su gracia. Para GOOGLE el hueso que aparece en el informe de urgencias esta en el pie y para el médico de aquel agradable lugar, en la mano. En fin, salvo por ese ligero detalle que solo va a marcar la diferencia entre llevar la escayola un mes o dos, por lo demás todo bien, gracias. No he perdido mi autonomía. Sí, es cierto que no me puedo pelar las manzanas, pero si uno deja de lado el miedo a sulfatarse y sufrir una mutación, puede comérselas con piel tranquilamente y con una mano. Me ducho sola, me visto sola y sigo trabajando...Es curioso, los matices que aporta un traspiés como este y la de cosas que uno puede aprender y disfrutar si se presta a ello. Desaparecido el dolor nocturno, que fue jodido pero se rindió al segundo día, todo esto es lo que de momento he vivido:
Curioso, pero hay gente de esa con la que uno se cruza al ir a comprar o trabajar y con quienes nunca he intercambiado más que un cruce de miradas, que me han parado, sonrientes, para preguntar qué me había pasado. “Es curioso, no saben como me llamo, pero ahora ya saben que patino”, me digo cuando se marchan deseándome lo mejor. Te das cuenta entonces de que existes para muchos y que formas parte de muchos caminos. Ahora, a mi lista de gente a quien saludar sonriente cada mañana, se ha añadido un tendero, una dependienta, un conductor de autobús, un camarero....
Increíble, mi velocidad para escribir a ordenador con la mano derecha acabará entrando en el record de los Guinness si esto se prolonga. Como ya escribía con un dedo, pues la cuestión se ha resuelto con darle aceleración al asunto, ¡chincharos, seres perfectos que escribís con los 10 dedos de la mano! Si os rompierais un brazo perderíais 5 dedos eficientes, yo solo he perdido 1.
Perfecto, a mi edad, una se mira al levantarse el canalillo del pecho y descubre unas desagradables arruguitas que se producen por dormir de lado (las chicas me entienden) y aparte de pensar que debe empezar a ahorrar para cremas, se plantea seriamente que debe empezar a dormir boca arriba para luchar contra la gravedad y el tiempo. Pero después de 37 años durmiendo de lado, ni de coña lo consigo y mira por donde, este bracito mío me obliga a dormir boca arriba y sin moverme, y oye, que estoy durmiendo a pierna suelta y me despierto lisita, lisita...
Sorprendente, lo rápido que vamos siempre, todo a cien por hora y no a dos sino a cuatro manos si pudiéramos... Cuando uno solo usa una mano, todo se ralentiza y se hace más intenso. Tardo 20 minutos en tender la ropa, es cierto, pero soy consciente de cada acto, me concentro al máximo en la operación de tender como si me fuera la vida en ello ( bueno, algún que otro calcetín se me ha ido, pero son daños colaterales) y me las ingenio buscando estrategias para no soltar el cuello de la camisa con el dedo pulgar e índice mientras los otros tres que me quedan se contorsionan y clavan la pinza... ¡Olé, torero! grita la plaza y una se siente como si hubiera subido el Everest, la mar de orgullosa por su hazaña..
A estas alturas pensareis que me he fumado un porro antes de escribir y que estoy desvariando, pero no, y ahora en serio, todo esto me lleva a la reflexión de lo mucho que nos enriqueceríamos como personas si a lo largo de nuestra vida se nos facilitara la posibilidad de pasar un mes con el brazo en cabestrillo, un mes con los ojos vendados, un mes con tapones en los oídos y un mes a la pata coja. Seguro, seguro que aprenderíamos a tener más tolerancia a la frustración, entenderíamos mejor la importancia de las rampas y la eliminación de barreras y sobre todo disfrutaríamos de lo que tenemos, sea poco o mucho, cien veces más que ahora. ¿Qué os parece? ¿No creéis que nuestra lista de gente a quien saludar por las mañanas sería más amplia? ¿No creéis que sonreiríamos más a menudo? Mi mano derecha y yo estamos convencidos...
Besitos a todos.
Natalia Pérez Chazarra.

lunes 10 de noviembre de 2008

UNA HISTORIA.


Hace unas semanas pasamos unos días en Cadaques. Para los que no habéis estado nunca ahí va un trocito suyo transformado en historia:


Cadaqués tiene calles blancas y empedradas, las puertas de las casas pugnan en una lucha de colores y se visten de fiesta con rojos sangre, azules ultramar, verdes oliva... Cadaqués es un pueblo empinado que se ofrece al mar, a la bahía y parece que todas sus casas miran al azul esperando ver amanecer y atardecer eternamente.


Allá abajo en el paseo, casi a ras de agua, habita la "Casa Azul”, es una imponente casa modernista de tonos azulados que destaca por su altanería. Tiene un anexo que da al paseo, al mar, es una pequeña caseta de amplias ventanas no menos digna, pero si más modesta. Uno no puede evitar la tentación de mirar por sus cristales, cual bandido, y parece que al hacerlo entra en la cabina de un barco pirata; sus paredes están decoradas con redes, con remos, faros y toda clase de aparejos. La luz es tenue, se diría que de vela o candil, en la puerta un letrero dice en varias lenguas "No es una tienda", como para marcar una barrera entre el mundo exterior y ese azul camarote terrestre.


Lo miro de noche y me pregunto cómo será su dueño. Me imagino a un hombre de mar, ya entrado en años, sereno y algo irascible, con mil historias que contar y así, durante toda mi estancia en Cadaques, la vista se me va de tanto en tanto hacia el camarote terrestre de " la Casa Azul", aunque me encuentre en el otro extremo del pueblo.


El último día, al mirarla, descubro que los grandes ventanales que hacen de puertas están abiertos y hay dos figuras apenas perceptibles sentadas a la entrada, tomando el último sol de la tarde y esperando que anochezca. Me apresuro impaciente con el corazón encabritado por tal descubrimiento. Al acercarme los veo, me siento en un noray del paseo y los observo fascinada. Él,(su imagen no me defrauda en absoluto) casi calcado de mi imaginación, se sienta en una mecedora azul, debe rondar los 70 aunque, como pasa con los lobos de mar, los ojos cargados de brillo y la agilidad de movimiento despistan y hacen dudar. Es un hombre robusto, alto y bien formado, debió ser guapo, no, es guapo, sus facciones están proporcionadas, la mandíbula cuadrada lo hace más masculino de lo que ya es y una media melena de pelo canoso entre blanco y gris plata le da un aire de viejo pirata que me fascina. Sus manos son toscas, pero fuertes y va vestido con ropas claras de algodón. Mira al horizonte callado, disfruta del mar mientras la ligera brisa le revuelve el cabello. A su lado hay un ser no menos fascinante. Ella debe tener su misma edad, es una mujer llamativa, atractiva en su madurez como he visto pocas, natural, nada de retoques, su piel ya no es tersa y suave, pero no por ello pierde belleza, tiene un cuerpo estilizado, delgado y elegante, debió ser una mujer muy guapa, no, rectifico, es guapa, tiene unos ojos claros de un color que se me escapa desde la distancia pero que adivino azul, también lleva melena, algo más larga y también tiene el pelo cano. Está sentada en una silla de enea con el cuerpo ligeramente echado hacia delante y las piernas cruzadas, como insinuándose, como ofreciéndose. Lleva una camiseta blanca de algodón y una minifalda negra que deja ver sus piernas largas, aun bien formadas, vestidas con medias y zapatos negros de tacón cuadrado y hebilla.


¿Quienes sois? me pregunto ¿Cual es vuestra historia? ¿Os amasteis? ¿Seguís haciéndolo? ¿Vienes tú, mujer de piernas largas, a visitarlo a él después de los años, como la marea? Ella hace como que mira al horizonte, pero su mirada se vuelve rebelde de tanto en tanto y lo mira a él de reojo con una media sonrisa! ¡Cuanto daría por sentarme a su lado y oírlos hablar...!

Me levanto de mi escondite y ando a paso lento por la acera. Ralentizo mi paso y agudizo mi oído al pasar al lado del camarote terrestre de la casa Azul. La conversación que oigo es lo único que sabré de ellos:

Ella- Está el mar bravo hoy...

El- ¿Paró ya el viento?

Ella- No sé, a mi me encanta este viento....


Camino hasta el hotel acunada por sus escuetas palabras (surrealistas pero apropiadas en la tierra de Dalí, donde estamos) y por la imagen maravillosa de aquellos dos seres, que yo, para entonces, ya he convertido en viejos amantes, quizá en otros mundos o en otros mares...

Cadaqués es un pueblo de faroles, apenas hay luz salvo la de esas deliciosas lamparillas que alumbran solo lo necesario, por eso también es un pueblo de noches y estrellas. Levanto la vista y me sorprendo al ver la Vía Láctea sobre mi cabeza, el mismo cielo que me cubría en mi infancia, en aquel chalé sin luz eléctrica, la bóveda celeste, toda ante mis ojos y ante los de ellos, los amantes del camarote terrestre. Cadaqués se duerme en silencio acunado por las olas y yo me duermo con él......


Natalia.